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En más de una ocasión, escuchando esta frase o alguna de sus variantes como “no me gustan los juegos”, he pensado en qué podría haber realmente detrás de esas palabras. ¿Os ha pasado alguna vez? Seguramente no es la transcripción literal de un sentimiento, pues decir que no te gusta jugar es tan descabellado como decir que no te gusta la música, así, en general.

Creo que estas afirmaciones son más una manera confusa de decir que tus experiencias con juegos no han sido todo lo buenas o divertidas que esperabas. Quizá lo correcto sería concretar diciendo “no me gustan estos o aquellos juegos” o incluso “jugar con menganito no me gustó”. Pero todos sabemos que hacer un uso perfecto del lenguaje puede resultar agotador, por tanto, dejando este debate lingüístico para otro momento, aquí no habría más tela que cortar. Sin embargo, el resultado de estas afirmaciones va más allá y se convierten en una actitud negativa. Muchas de estas personas se cierran automáticamente a cualquier experiencia lúdica, con todo lo que eso supone. Creen que no se pierden nada basándose en sus experiencias anteriores. ¿Una partida en mal momento? ¿una situación violenta? ¿mala compañía? ¿falta de implicación por un juego que no se entendió? ¿simple aburrimiento ante un juego demasiado sencillo…. o demasiado complicado? Son muchas las posibles causas.

Por fortuna hoy se contemplan juegos introductorios, juegos ligeros, medios, duros… prestando atención a que el nivel y expectativas de juego va escalando con la experiencia y los gustos. Lo único cierto es que jugar es inherente al ser humano, forma parte de nosotros, nuestra manera de aprender y mantenernos activa nuestra curiosidad, el motor de la vida.