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Desde que tengo memoria he estado rodeado de juegos de mesa. Tanto en casa como fuera de ella, pues en mi barrio también era muy habitual salir a la calle con una baraja, tablero o incluso alguno diseño propio. Todos eran estupendos, sobre todo, para fantasear con jugar a ser.

Crecí en los 80 y 90, una época que muchos, incluido yo, defienden como la mejor de cuantas ha habido para ser niño. Aquello de crecer en el umbral donde se encontraban por primera vez dos poderosos mundos, el analógico de toda la vida y el incipiente y moderno digital (sí, muy incipiente aún) Aquello supuso un universo mágico de posibilidades, una explosión de imaginación en el que el cine tuvo gran parte de responsabilidad y mérito.

Sin la necesidad ni la presión de pensar en lo que el mundo adulto nos tendría guardado, ni ganas, buscábamos a cada instante ese efecto maravilla con el que fantasear toda una tarde. El fútbol, por supuesto, ya era omnipresente y para algunos fue inicio y final de sus inquietudes, pero mi grupo siempre se pareció más, quizá con intención, al que pudiese encontrarse en cualquier película ochentera, al más puro estilo “Los Goonies”.

Y casi inconscientemente estábamos construyendo nuestro propio entorno donde crecimos, aprendimos y descubrimos… Niños y niñas formamos un extraordinario equipo. Los juegos eran uno vehículo con el que expandir los universos de esas películas, ahora míticas, que no se nos borraban de la cabeza.

Jugábamos a ser, esa es una de las claves. Un auténtico ejercicio de empatía con sentirse dentro de la piel de otros, personajes de lo más variopinto, y sentir como propias sus aventuras, preocupaciones y alegrías

El juego nos empujaba, a veces con una tirada de dados, otras con un mapa coloreado con ceras Carioca, a emprender un viaje diferente. Y siempre sucedía, ese momento en el que el grupo remaba a favor y la imaginación construía un recuerdo compartido, un momento que recordaríamos semanas, incluso años. Aquel cúmulo de cartón, madera y papel nos había puesto de acuerdo para construir una realidad imaginaria en equipo.