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En la región en la que nací existe una frase, quizá compartida en otros lugares de la geografía de España, que hacía referencia a los días con mal tiempo. Se trata de la expresión «día de baraja y brasero». Tal vez a más de uno le suene esta sencilla frase que, por cierto, cada vez escucho menos. Confieso que a mí siempre me sonó de maravilla, no porque esté en contra de las actividades al aire libre, que me encantan, sino más bien por la oportunidad que escondía un plan así.

Inmediatamente me acuerdo de mis abuelos, sentados entorno a esas mesas redondas con faldas hasta el suelo y ese olor tan característico, entre ceniza y humo, que producían los braseros de picón. Al tacto de esas barajas de publicidad, normalmente de una caja de ahorros, que estaban tan usadas que los borden ennegrecía dando muestra de todo el tiempo compartido que habían producido.

En esencia de eso se trataba, de pasar el tiempo juntos sin importar lo que afuera pasase, fuese lluvia, viento o granizo. Sencillamente jugábamos entre nosotros, anotando en una hoja, con una caligrafía casi perfecta de mi abuelo, los resultados de las partidas, que se sumaban semana tras semana los meses de frío. Se podrían decir que mis abuelos ya gamificaban la cocina con una sencilla baraja española.